Soledad en primavera

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Qué te pasó, Soledad, qué te pasa, estás triste, angustiada, parece que vivieras la peor época de tu vida a pesar del aroma de los azahares, el polen suspendido en la brisa tibia, los deseos urgentes de un abrazo, del contacto de la piel, esa sangre caliente que brota en primavera, sólo en primavera se siente así, a nadie podés contarle, decirles que fue él, aquella mañana habías saltado de la cama con las ansias intactas, mamá se despertó para cebarte unos mates, un puñado de tempraneros te vieron atravesar la plaza, cuántos meses juntaste centavo sobre centavo para hacer esta excursión que no es nada, nada importante, otros viajan a Europa, vos ahorraste para pagar el transporte, primera vez que se te da, el último año todos juntos a Ezeiza, a los bosques en el mismo ómnibus, canciones, risas, veintiuno de septiembre, cruzaste entre las palomas con tu bolsito cargado de viandas y rocío,  el entusiasmo crecía en la piel, papá te había dicho vas a tener que apartar unos pesos, Soledad, unos pesos cada mes, sabés que la fábrica está despidiendo mucha gente, mamá no, ella ya no podía trabajar, igual aunque hubiera podido era difícil conseguir, la situación está muy dura, qué tonta, te atrapó la primavera, Soledad, el Franco te quebró, quebrantó tu voluntad debajo de aquel pino enorme, amplio como una gran habitación circular cerrada por ramas y hojas perfumadas, te rendiste en la penumbra a pleno día mientras algunos remaban en el lago, se juraban amor, al principio ibas a decir no, no Franco, te cruzó por la mente aquel otro muchacho serio, el de los lentes, ése que te quiere de veras, se le nota aunque nunca te haya hablado de eso, ahora olvidate, ahora tus amigas, aquéllas con quienes tanto deseabas compartir ese último viajecito, la excursión de fin de curso, ésas, las que dijeron qué suerte Soledad que vas a venir con nosotras, ésas ni te dirigen la palabra lo mismo que el pibe intelectual de los anteojos gruesos y la mirada buena, con lo que vos lo querés y él te adora, no tenés dudas de que te quiere, pero seguro que el Franco, ese prepotente y ambicioso, ya hizo correr la voz, todos te miran torcido, no te quieren hablar, la pobrecita del colegio con un tipo de dinero como él, mirá la mosquita muerta, dirán con odio, arrogante y pretencioso pero lindo, lindo, Soledad, eso fue lo que terminó de vencer tu voluntad mientras los demás, las demás,  se dejaban llevar en una embarcación sin destino, el bote iba y venía casi a la deriva, se hacían arrumacos y vos no pudiste decir no, el cabello rubio, el gesto soberbio, esa voz, te entregaste a las caricias y ahora es inútil hablar, no podés contar nada, ni siquiera que al principio pensaste en resistirte pero vos sabés, es la primavera, nueva e insolente, el polen vuela y se adhiere al deseo de los nuevos amantes, no podés relatarles qué pasó en realidad, ni te miran y es inútil que los busques y les grites que al final fue él, nadie te va a creer, no querés decirlo, es tu peor primavera, son cosas que no se dicen, la peor época de tu vida, que fue él, digo, derramados bajo el pino con las mismas ansias, los cuerpos tensos, él fue el que al final no pudo.

Mario Ferrari, “Historias para creer”, 2007

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